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Para Andrés en el día de Reyes (02-01-2009)

de tus primas Pepa y Paca.
Nos visita desde Madrid

Dicen que vivimos en la infancia y sobrevivimos después porque en ella el mundo tiene una dimensión mágica donde todo es posible.

Hace muchos años, cuando éramos niños, entre tantos juegos y vivencias compartidas hay un recuerdo imperecedero -quizás el mejor de todos- que ahora que nos faltas cobra mayor nostalgia: la noche de Reyes. Siempre pasábais estas fechas en el pueblo. Tú eras medio pelirrojo, con babi azul, botitas marrones, cara de pillo y te reías a carcajadas. Las navidades transcurrían bellísimas pero esperando impacientes el seis de enero donde los sueños por fin se cumplirían.

La ilusión empezaba a crecer días antes cuando, sentados a la mesa de la cocina, Teodoro nos dictaba la carta con voz solemne y toda la autoridad y el protocolo que sus Majestades requerían. En ella expresábamos la lista de peticiones y él se la guardaba en el bolso para echarla al correo en Salamanca, decía, y así ganar tiempo. Desde entonces pasaban unos días interminables de esperanza y cábalas sobre si los caminos estarían nevados o si los pajes acertarían o no a abrir la ventana. Cuando finalmente llegaba la tarde del día cinco, limpiábamos los zapatos hasta dejarlos como espejos y por la noche los colocábamos no junto a la ventana sino en torno al Nacimiento. Hasta allí los Reyes llegarían para adorar al Niño y descargarían los juguetes.
A la mañana siguiente, apenas la claridad aparecía en la ventana nos levantábamos como rayos y corríamos en tropel a buscar los regalos. Al abrir la puerta y encender la luz el corazón nos saltaba en el pecho al ver los zapatos rebosantes de paquetes. Y a medida que los íbamos desenvolviendo, el griterío, la sorpresa y la felicidad estallaban. Allí estaba todo cuando habíamos pedido: muñecas, cuentos, costureros, cocinitas, coches ...Y tras esta explosión de júbilo, la alegría aún crecía más cuando Zoila, tu madre, nos hacía dejarlo todo y cruzar la carretera para ir al Juego de Pelota. En él los camellos habían descansado sobre unos puñados de paja y los Reyes habían regado dinero entre la hierba y la escarcha para que lo recogiéramos nosotros.

El frío era estremecedor pero no lo sentíamos y parecíamos fantasmas entre la niebla inspeccionando el suelo y rescatando las monedas escondidas con el mismo sobresalto que si encontráramos oro.

Hace poco, recordando esto, Benilde nos decía que siendo ella niña era mi padre quien los llevaba de la mano a rebuscar entre hierba. Era una tradición familiar que se vivía con los niños la mañana de Reyes. Nosotros, Andrés, fuimos los últimos.

Tus primas Paca y Pepa.

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