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Bodas de Oro Caye y Agustina

HOMENAJE A MIS PADRES

Estas líneas son un testimonio de amor a mi madre, María Agustina de Cabo, fallecida el pasado enero y a mi padre, Cayetano Macías, por el buen marido y compañero que ha sido, que la cuidó hasta el final con un cariño, una ternura y una fortaleza que superaron todas las dificultades. No habría en el mundo un lugar para llenarlo del amor que se han tenido durante 53 años de matrimonio.

Soy su hija. Me llamo Emilia, nací en la calle Salas Pombo y a los dos años nos trasladamos a la calle de la Iglesia. Entonces las casas estaban llenas de hijos, teníamos muchos vecinos y había gente por todas partes.
Mi padre, Caye, era el hijo mayor de una familia de carniceros, Juan y Verónica, que vivían en una casa hermosa, situada en el mejor sitio de la plaza y orientada al mediodía. Tenían además tienda de ultramarinos y en la parte de la cuadra sacrifican las terneras. Fueron 15 hijos pero sobrevivieron ocho: Caye, Juliana, Ulpiano, Vicenta, Puri, Porfirio, Pedro e Isabel. No hay que explicar lo que todos tuvieron que trabajar para salir adelante.
No sólo mataban reses en casa para vender la carne, también lo hacían en pueblos vecinos o en el propio matadero de Palencia cuando algún buey se accidentaba
sin remedio o en las matanzas de Navidad.
Un día mi padre conoció a mi madre, Agustina, nacida en Arcediano, y como ya tenían 35 y 36 años, tras un corto noviazgo, se casaron. Me contaba ella que no hubo foto de bodas ni recibieron “espiga”, tan sólo una colcha de 500 pesetas. Y así empezaron su vida juntos cuyo primer fruto fue una hija morenita y con ojos claros. La felicidad del matrimonio era inmensa pero fugaz porque a los dos día la niña falleció. Quedaron vacíos. Tres años después nací yo.
En casa habían montado también una tienda de ultramarinos y mi padre, acomodando el carro a la mula, salía a vender por los pueblos aunque lloviera o cayeran chuzos. También criaban corderos para la venta y de los que sólo probaban las asaduras y las patas. Tenían además algunas tierras, pocas, y ganaban jornales segando en verano para fuera. Y mientras duraba la siega, me llevaban con mi tía la pastora a San Martín de Yeltes, donde también había ido mi madre de soltera a cuidar a sus sobrinos mientras su hermana iba con las ovejas.
Con el tiempo fuimos teniendo más ganado y criaban vacas y terneros. Mi madre a veces les daba el biberón, despachaba la leche en la tienda y si había mucha, hacía quesos deliciosos también para vender y sacar dinero. Ella tenía muy buen carácter para el negocio: sentido del humor, don de gentes, comunicadora, alegre, y tan hacendosa, que nunca paraba quieta. Y si se sentaba era para hacer centros, figuras o muñecas de ganchillo, puntillas para sábanas y toallas, o bien tejía patucos, jerseys, o calcetines blancos para trajes de charra. En general, mi padre se ocupaba del campo y la venta por los pueblos y mi madre de la tienda y el ganado.
Crecí siendo una privilegiada y con toda clase de mimos: lo mejor, siempre para mí. En casa había de todo. No sólo de comer sino también el cajón del dinero abierto que yo nunca tocaba. Me educaron en la confianza, en el amor, en la ayuda mutua, en la generosidad cristiana. Recuerdo cuando iba a la escuela con mi estufa para los pies, cuando nevaba y jugábamos a arrojarnos bolas de nieve, cuando cosíamos a la puerta resguardadas por una manta sujeta a la pared para protegernos del aire, cuando mi abuela me daba la paga para comprar acerolas o helados y sobre todo, cuando el 21 de septiembre, día de San Mateo, mi madre me llevaba a las ferias, a la tómbola y los caballitos. ¡Aquello era disfrutar! También me acompañaba a las excursiones escolares a Aranjuez o La Granja, y otras veces, como la familia era larga y estábamos muy unidos, íbamos los domingos a La Aldehuela a bañarnos con los primos, a la Virgen de los Remedios, al Cristo de Cabrera y a varios sitios más.
De niña, yo era revoltosa como todas y, dado que la educación exige disciplina, recuerdo pequeños castigos a mis travesuras como cuando limpiaban los lavaderos y cruzábamos la línea divisoria haciendo equilibrios. Con frecuencia caíamos al suelo resbaladizo y nos manchábamos el vestido de toda la porquería verdusca que allí había acumulada. Entonces mi madre podía sacar la zapatilla y redondear la tarde. Mi padre jamás me castigó. Una vez en que estuvo a punto de hacerlo, prefirió descargar su furia sobre una silla y fue tan certero el golpe que le hundió el asiento.
A pesar de lo difícil que era la vida entonces, tuvieron la generosidad de gastarse lo que con tanto esfuerzo ganaban para darme una mejor educación. Yo era hija única y para que viera que había más niñas y no sólo las del pueblo, me llevaron a estudiar a Salamanca a un colegio de monjas donde estuve formándome unos años.
En vacaciones yo trabajaba en lo que podía, hacía de chico y de chica: me ponía un mono y unas botas de goma y ayudaba a limpiar las casetas del ganado, -teníamos cebonero, corderos y reses- le echaba el pienso a las vacas, el grano a las gallinas y repartía mercancías por las casas, incluida Negrilla, donde una vez me caí y se me rompieron tres botellas de aceite. Y para que mi padre durmiera la siesta también iba a la fuente a buscar agua. Y por la tarde, si era la época, al campo a coger lentejas.
Así que, a pesar de los problemas, crecí en un hogar alegre y dichoso y me inculcaron unos valores que no me canso de agradecer. Había trabajo pero también ternura, amor, alegría. Mi madre era una mujer feliz y aunque vi en ella mucho sacrificio, aún recuerdo con qué cariño cuidaba a mis abuelos paternos. Siempre estaba contenta, le gustaba mucho el baile, le encantaban los niños –los sobrinos la adoraban – y era muy querida en el pueblo. También era muy devota de Cristo de la Piedad y cuando en primavera volvíamos de escardar, por muy cansada que estuviera nunca se perdía la novena.
Todos tuvimos una salud de hierro y jamás los conocí enfermos aunque una vez mi madre sufrió un accidente casero que pudo haber sido trágico y que ahora, al recordarlo, puede resultar cómico. La cocina, al no tener ventana, recibía la luz del techo a través de una claraboya cerrada por un cristal a la altura del sobrado. Y ocurrió que una vez en que andaba ella limpiándolo, tropezó y vino a caer sobre ese cristal de la claraboya. Pues bien, lo rompió, se hundió y se desplomó de cuerpo entero hasta la cocina, cayó sobre la mesa de comer, rebotó y fue a dar sobre una silla donde volvió a rebotar para acabar de bruces en el suelo. Entonces, se levantó, se sacudió el mandil, se enderezó el vestido, se arregló la permanente y sólo alcanzó a dar gracias a Dios y a exclamar:
-¡Para haberme matado...!
Fue un final feliz pero no ocurrió lo mismo un día en que mi abuela Verónica, cuando estaba viviendo con nosotros se levantó de la silla para ir no sé donde y tardaba en volver.
-Anda , hija, ve a ver dónde está tu abuela- me dijo mi madre.
La encontré tirada en el suelo, tendida a lo largo en el pasillo del corral, con su bata guateada negra y cuando me agaché para ayudarla comprobé que estaba muerta.
A la conmoción que sufrí se unió el dolor propio y el desgarro de tener que comunicarlo a los demás. Aquello me dejó marcada
A los 23 años me casé y nos instalamos en Valladolid. Tuvimos dos hijos: David y Sara y con ellos pasábamos los veranos en Palencia. Sus abuelos los cuidaban y compartían con los niños lo mejor que tuvieran, así que crecieron con su ejemplo, cariño y comprensión que mis hijos jamás olvidarán. Eran tiempos felices. Cuando mi madre se jubiló le quedó una pequeña pensión porque de joven había trabajado para los Romos que cotizaron por ella “la perra gorda”. Los inviernos más crudos los pasaban con nosotros en Valladolid.
En aquellos años yo era demasiado joven y no podía imaginar cuánto se puede llegar a querer a unos padres que te han dado la vida y que siempre los has tenido cuando los has necesitado.
Pero, andando el tiempo, a mi madre comenzamos a notarle los primeros síntomas de una enfermedad que iba a ser devastadora: el Alzheimer. Y lo hizo con fuerza a pesar de que ella, en vez de ver la televisión, ejercitaba la mente con crucigramas y sopa de letras. Por entonces, mis padres hacían algo tan inocente y poco habitual como dar juntos un paseo a media tarde, por el camino de Negrilla hasta la carretera y los vecinos exclamaban:
-¡Ya va la pareja de enamorados de paseo!
Y él la tomaba de la mano porque su paso ya no era firme.
A partir del 2003 mi padre observaba cómo ella olvidaba que tenía la comida al fuego y que ya no sabía pagar con dinero. Entonces empezó a preocuparse seriamente y se alarmó porque ignoraba qué estaba pasando.
-Hija, - me rogó- tienes que buscar una Residencia porque yo no puedo aguantar más.
Encontramos una cerca de Valladolid, en Tudela de Duero. Se vinieron en el 2005, tuvieron que adaptarse a costumbres distintas y a una vida nueva, superaron el desarraigo que eso implica y allí empezó el peregrinaje. Íbamos a verlos con mucha frecuencia y los traíamos a Valladolid donde no conocían a nadie pero con mucho cariño disfrutamos de esos encuentros durante 4 años. En Tudela supieron hacer muchos amigos que los quisieron de verdad.
El 26 de septiembre del 2006, martes, ellos cumplían 50 años de casados pero me los traje a misa el 24, que era domingo, para celebrar sus bodas de oro con una fiesta preciosa. Como yo estoy en un grupo de jotas, el “Pisuerga Huerta del Rey” le vinieron a bailar después de misa la Jota de la Boda. Mi hija Sara y yo también actuamos para que nos vieran bailar. Luego, emocionada, les sorprendí con una larga poesía, compuesta por mí, de la que sólo reproduzco unas estrofas:
Padres dulces y tiernos
que con amor me cuidasteis
y por el camino bueno
sabiamente me guiasteis,
sólo puedo yo pagaros
tantos mimos y cuidados
celebrando emocionada
el cincuenta aniversario.
Medio siglo compartiendo
días buenos, días malos,
pero con afán y amor
juntos seguís caminando.
Los ojitos que me disteis
me los tengo que gastar
en miraros día a día
y poderos recordar.
Ya por entonces nos anunciaron que padecía Alzheimer vascular, es decir, una muerte en vida, porque así es la enfermedad. Había sufrido una trombosis y siguieron tres infartos más. Con la ayuda del Cristo de la Piedad nos volcamos en cuidarla sobre todo David y yo, pues mi marido trabaja y Sara estudiaba fuera. Pero fue mi padre quien no se separó un solo instante de su cama, mimándola, brindándole todo el cariño y casi dando su vida porque ella estuviera bien aunque no supiera ni quienes éramos ni dónde estaba. Él dejó de dar su paseo habitual hasta el pueblo vecino porque estaba pendiente de darle de comer, de taparla si hacía frío, de avisar para que la limpiaran o llamar asustado a un médico porque le parecía que ya no respiraba. Es muy triste y cruel, pero es real y hay que pasar por ello para saberlo. Yo iba a verlos y hasta el último día la perfumaba y le pintaba los labios para que conservara su buen aspecto, los traía a comer a casa sobre todo en las fiestas, cumpleaños y Navidades, les llevaba a Palencia siempre que podía, a ver su casa, a los vecinos y a la gente del pueblo que siempre preguntaba por ellos. Hasta que un día ya no aguantó tanto tiempo en el coche y dejó de ir.
Cuando mi madre fue incapacitada por ser una enfermedad cognitiva, yo me convertí en su tutora y cargué con la responsabilidad de tomar decisiones por ella.
En el 2008 empeoró, se hizo muy dependiente y los trasladaron a
Nava del Rey, al Fontan, donde permaneció un año y 8 meses. Los cuidados eran intachables y la comida excelente pero ella se quedó en los huesos. Yo le compré un colchón antiescaras y gracias a Dios no le salieron heridas.
Mi padre ha sufrido todas sus crisis y lo ha pasado muy mal, muchas noches no ha dormido por cuidarla, con los nervios alterados y encima padeciendo Parkinson, una dolencia del sistema nervioso, pero era un ejemplo de fortaleza y amor. Tanto, que lo premiaron con dos diplomas : uno por su perseverancia y otro por el amor y la paciencia hacia su esposa. Y jamás pensé que él, un hombre de los de antes, pudiera tener ese tesón, ese aguante, esa comprensión. Siento en mi corazón que todo es poco para ellos y sólo le pedía a Dios que los guardara siempre.
Pero somos mortales y el 27 de enero de este año mi madre nos dejó. Dos días antes tuve un presentimiento y fui a verla. La víspera, aunque ya no hablaba, me estuvo llamando sin parar. Y el 27, justo el día de mi cumpleaños, dejó de respirar. El Cristo de la Piedad me concedía así algo que tantas veces le había pedido: que el día en que ella tuviera que emprender otra vida mejor coincidiera con la fecha en que ella me dio la vida. Y así fue.
Ante su féretro y antes de llevarla a incinerar, en mi alma y mi cabeza el dolor se cruzó con emociones, recuerdos y reflexiones:
¿Qué es la vida?-pensé-. Buena pregunta.
¿Qué es la muerte?.- Sin respuesta.
Un valle de lágrimas y risas
donde has querido a padres y familia.
Y como es ley de vida,
ahora te llega la muerte.
Ya ves, con todo mi amor, madre,
me ha brotado otra poesía,
como tantas que te he hecho
a lo largo de tu vida.
No quiero decirte adiós
porque es una palabra triste
y como te quiero mucho
yo no voy a despedirme...

Nos queda mi padre y con él sigo yendo al pueblo porque le gusta volver a casa y reencontrase con sus hermanos, sus raíces, sus gentes y sus tierras. “Vamos a Palencia”, le digo, y eso lo hace feliz. Y yo disfruto viéndolo. Ojalá Dios nos lo conserve para poder ir muchos años. Vuestra hija: Emilia.

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